NEKRODAMUS: Primera Época

>> miércoles, 21 de diciembre de 2011

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Tamaño: 58Mb
Idioma: Español
Guion:Héctor G. Oesterheld,Trillo,Saccomano
Dibujo:Horacio Lalia
Escaneos:[Woodiana]

Desde más allá de la tumba llega Nekrodamus un demonio resucitado en el cuerpo de un hermoso noble muerto, que junto a su fiel amigo Gor buscara venganza enfrentando a demonios  y a Asfertu el hombre que lo mato por primera vez.


EL DATO: Aquí tenemos un clásico del comic Argentino, uno de los personajes mas longevos y recordado de la revista Skorpio en la primera etapa la escrita por Héctor G. Oesterheld y dibujada por Horacio Lalia.
Nekrodamus (Nekro para los amigos) es un comic de Horror que se asomara allá por mitad de la década del setenta donde un HGO realizaría su ultimo personaje solidó antes de su “desaparición”, seria pensada para el mercado del cómic italiano, a los fumetti, revistas de gran consumo, con la premisa simple de aventura, acción y final solvente.
Luego de la desaparición del guionista Nekrodamus continuo su camino con guiones de Trillo, Saccomano y De los Santos hasta 1978 (Que están recopiladas en el tomo)  y a  posterior escritas por Ray Collins y por Walter Slavich, que fueron dibujadas también por Lalia, pero ya en los ochenta y los noventa en las paginas de las ultimas Skorpio con  planteamientos diferentes a la obra original.



Impactantes dibujos de Lalia...


El horror transmutado
Por Manuel Barrero

El horror en la historieta atisbado en producciones de los años treinta y cuarenta consistía en un vertido de imágenes provenientes de la literatura denominada gótica a través de la domesticación de los pulps. Aquí, el principal impulsor del horror era no tanto el monstruo como el extraño, ese ser que podía ser humano pero de mirada intensa y amenazadora, siempre feo y, a veces, científico potencialmente peligroso para los cimientos de la sociedad tradicional. En los años cincuenta, tras caer los totalitarismos y aplacar en parte los miedos a las amenazas exóticas, la sociedad comenzó a mostrar temores al enemigo en casa, y los cómics de terror regresaron al gótico pero para rescatar a sus iconos e instalarlos en los escenarios de la modernidad. Los roles arquetípicos se mueven a partir de entonces por escenarios también tipificados tras una leve transformación: castillo oscuro = caserón sombrío, bosque tenebroso = maizal o pantano, espectro o vampiro = zombie, monstruo u hombre reconstruido = asesino psicópata.
El catalizador de todas estas representaciones del mal orientadas a producir miedo es la fealdad. En los comic books americanos de los años cuarenta y primeros cincuenta es donde más claramente se observa este rasgo. Los personajes amenazados en muchos cómics de los cuarenta y cincuenta, aparte de las obvias scream girls siempre lozanas que eran el señuelo en las portadas de pulps y muchos cómics, eran generalmente individuos jóvenes y atractivos a los que les acomete un criminal malcarado o un monstruo deforme. La deformidad cambia su procedencia pero no su apariencia. Si los miedos de los cuarenta se centraban en las representaciones de la fealdad circunscritas a lo extranjero enemigo (los nazis, los soviéticos o el peligro amarillo son monstruosos en muchos comic books), los autores de los cincuenta eligen como representante de lo grotesco al criminal, al cual se extraña pese a ser compatriota. En estos relatos se bascula constantemente con alegorías trazadas sobre la dicotomía planteada por Aristóteles y reforzada por Kant entre lo bello y lo feo, lo apolíneo y lo dionisíaco, lo que agrada y lo que desagrada, como bloques que ordenan lo real pero también lo moral.
Aquí cabe abrazar el planteamiento de la doctora Vazquez cuando aludía a los cuerpos representativos del género de terror como deformaciones alegóricas que transitan espacios míticos donde adoptan roles transgresores, sexualizados y marginados. En este orden de cosas la representación de la monstruosidad en relatos o historietas de horror viene a parodiar un conflicto, a constituirse en farsa del tejido social organizado. Quizá esto nos ayude a comprender, también, por qué el género se bifurca a partir de los años setenta y ochenta, por un lado hacia la descripción de las prácticas de monstruos sociales, como los psicokillers, que acaban confluyendo en la historieta de superhéroes, y por otro lado en la mostración de la vida propia/íntima de los monstruos fantásticos, demonios y vampiros menos amenazadores para la humanidad ahora, que incluso exigen atención sobre sus necesidades, dudas y aspiraciones. El conjunto de factores y transformaciones que marcan la evolución del género es mucho más compleja de lo que puede indicar este párrafo, así que nos detendremos en la atracción de lo monstruoso que se gesta durante los sesenta para, en los setenta, generar nuevos modelos y arquetipos para el género.
Tras el periodo de contención moral puesto en marcha en las sociedades en crecimiento de posguerra en los cincuenta (EE UU, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, también España aunque en otro contexto) en los sesenta aparecen nuevas fórmulas narrativas en el género de horror asentadas sobre la aparición de nuevos miedos, ahora concentrados ya no sobre una colectividad en peligro (la patria, la sociedad) sino sobre la individualidad amenazada (el yo). El monstruo es enfocado más en corto y adquiere presencia. Tiene parte de responsabilidad en este cambio de enfoque los medios de comunicación de masas. No sólo la historieta, que con su utilización incesante de arquetipos del horror los convierten en familiares para sus lectores, sobre todo el cine y la televisión que hallan un mercado de explotación en estos arquetipos y acaban convirtiéndolos en parodias de sí mismos y en un instrumento para el regocijo juvenil. Lo que asusta ahora no es ya el monstruo obviamente irreal (de la ciénaga, chupasangres, muerto en vida) sino el acto humano claramente real. Gran parte de la población consumidora de estos productos era la misma que accedía a los poderosos medios de difusión en los que el terror ya no proviene de espacios naturales sino de entidades humanas, el horror que emana del acto humano, sobre todo tras conocerse y popularizarse la barbarie del Holocausto durante los años sesenta, tras contemplar las primeras guerras transmitidas por estos medios (Corea, sobre todo Vietnam) y aflorar los primeros brotes de la conciencia del hombre descrito como ente destructor de sí mismo y de su mundo por ciertos grupos y tendencias (el movimiento ecologista, el hippismo, la literatura de ciencia ficción y muchas otras manifestaciones culturales del fin de la modernidad) que acaba plasmándose metafóricamente sobre todo en el cine.
Hay una conciencia nueva del hombre como  monstruo a finales de los sesenta, de que el monstruo anida en nosotros. De ahí que las adaptaciones de clásicos de horror a otros medios ya no sean las transposiciones del gótico, con el monstruo como personaje en segundo plano, representante del conflicto a superar. El monstruo se ha convertido en personaje dador y casi en protagónico.

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NEKRODAMUS
(Primera época)


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